Fuente de la imagen: Los Tiempos (www.lostiempos.com)

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El sábado 20 de julio, Colombia celebró su Fiesta Patria. Quisimos acercarnos a dos personas, Federico y Alfonso, para conocer esa parte humana de migrar. De Bogotá y Cali, nuestros dos invitados llevan más de 20 años en Quito, y tienen “doble nacionalidad” otorgada por el cariño y la gratitud a un país que los ha acogido como  a verdaderos hermanos.

Datos que enmarcan el tema: Ecuador es el país de América Latina que más refugiados alberga (52.000, aproximadamente), y el 98% son de Colombia; pero son más de  135.000 colombianas y colombianos requieren protección jurídica y humanitaria internacional. El Estado abrió un Registro Ampliado de Refugiados desde el 2009 y ha otorgado el asilo a más de 28.000 personas registradas.

El año de pasado se registró la mayor cantidad de refugiados en la frontera norte: se calcula que ingresaron, en promedio, 1.500 personas al mes. Creemos que está sucediendo algo contradictorio: según la ACNUR, el Gobierno está restringiendo cada vez más el otorgamiento del estatus de refugiado, y tampoco está renovando los carnets de refugio ya concedidos.  Desde la Pastoral de Movilidad Humana haremos seguimiento a esta denuncia de la ACNUR.

Durante la conversación con Alfonso y Federico fueron aflorando los recuerdos de infancia, de juventud, de familia y de entorno. Algo de nostalgia albergan las palabras de nuestros invitados, pero más brilla la alegría, ese valor, esa actitud tan propia del pueblo colombiano. Federico y Alfonso, después de 20 años de vivir aquí, no olvidan ni descuidan lo que pasa allá. Sienten su patria, pero han aprendido a amar y conocer nuestro país. Han sido capaces de encontrar la llave de La Casa Grande, para ingresar en ella, que los alberga, y sentirse entre hermanas y hermanos, construyendo, en equipo, una América Latina mejor.

Damos también entrada al tema del próximo programa: la 7ª. Caminata con Alejandro e Inés, mártires en la defensa de los pueblos no contactados, y portadores de una nueva Misión. La Iglesia es fiel a amar a Cristo amando la Vida, y por eso camina en defensa de la Vida en la Amazonía. Es la fe en Cristo y en la Vida lo que da fuerza a esta caminata; más de un caminante lloró en el sitio en que se derramó el petróleo hace un mes. Hay una Caminata interior que todas y todos debemos emprender.

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