Gabriel García Márquez. Fuente de la imagen: www.banrepcultural.org

Gabriel García Márquez. Fuente de la imagen: www.banrepcultural.org

Olvidar que García Márquez fue periodista es mermarle dimensión a su persona y a su obra literaria. En esos tiempos, el periodista no nacía, se hacía. Y Gabo se hizo en “El Espectador”, diario liberal de mucha influencia en los años 50. El niño deslumbrado por el hielo en Aracataca tuvo que migrar a la helada Bogotá. Y la vida del costeño fuera de su entorno lo empujó sin remedio al periodismo.

Gabriel García Márquez fue un periodista sensible. Allí, en el reportaje y en el fragor del diario, se hizo tan humano y tan colombiano, que terminó creando un mundo mágico. Porque la realidad colombiana nunca satisfizo el corazón grande de este modesto hijo de un telegrafista.

Acosado por la realidad y perseguido por la insatisfacción de lo que lo rodeaba, el periodista cogió la chistera y el sombrero (máquina de escribir y papel) y comenzó a hacer volar a las mujeres, acompañadas de amarillas mariposas. A toda una familia de hombres le puso colas de cerdo. Humanizó a los militares en un Coronel perdido y jubilado de una guerra entre hermanos. La violencia colombiana creo al mago de las palabras. La dura realidad social dio a luz una realidad mágica en la mente y las letras de un hombre de gran talento.

La posición política de Gabriel García fue coherente hasta su muerte. Ubicado en una izquierda perseguida y dividida, García Márquez dejó de creer en la política colombiana, la desdeño, y prefirió seguir edificando un mundo de palabras: en política, Gabo estuvo más allá del bien y del mal. Y, en medio de la magia oral convertida en literatura, denunció realidades que lo llevaron a vivir prácticamente media vida en el exilio. Desde cualquier punto de vista que se le mire a Gabo, quedará su compromiso social. Pero Gabriel va más allá de la política en la vida del país hermano.

Si alguien ha aportado a la autoestima colombiana –en sentido positivo, o sea, dando un buen ejemplo–, esta persona ha sido Gabo. El ser distinguido con el Nobel llegó al corazón de una Colombia desangrada por la violencia. Y los colombianos sintieron lo capaces que son, y tuvieron alegría de llegar tan lejos en el arte de la palabra, en el mundo de la cultura. Y con su liki-liki puesto, Gabo recibió en Estocolmo un homenaje a esa Colombia buena que siempre ha existido.

Pero Gabriel no fue solo un referente y un orgullo para Colombia; también lo fue para toda América Latina que, por vez primera, vio sus letras, sus intelectuales y sus talentos culturales a la altura de otros continentes con más experiencia en la buena literatura: comenzaron a leernos en todo el mundo.

Gabo fue clave para ese maravilloso “Boom latinoamericano”, acompañado por escritores de la talla de Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Juan José Arreola, Alfredo Brice E., Jorge Amado, Mario Benedetti, Manuel Puig, José Elizondo, José Donoso, en fin, muchos escritores que, junto a un Jorge Luis Borges voluntariamente aislado de este sonoro boom, nos ofrecieron cuentos, poesía y novelas más trascendentes que los que produjimos en filosofía, historia o sociología. La literatura habló por América Latina.

Gabriel nos deja una serie de reportajes, de cuentos y novelas que narran historias de personas, de pueblos, de tiranos, de matriarcas y patriarcas. Relatos de amor, de cólera, de demonios en inmensa soledad; historias que por fin tuvieron quién las escribiera. Macondo, tierra utópica llena de nosotras y nosotros, seres de América Latina, personas cotidianas que hemos olvidado que la magia habita en nuestro corazón.

Ya no habrá quién nos cuente de Remedios la Bella, de las Amarantas y Úrsulas, de Aurelianos y José Arcadios; alguien que diga algo de Mauricio Babilonia.  Se silenciará la hojarasca, no se rezará más el rosario en los funerales de la Mamá Grande. Los coroneles y generales permanecerán en su laberinto y sin quién les escriba. Ya no habrá rescate para el naufrago, ni amor en los tiempos del cólera, tampoco comida para un señor con unas alas muy grandes. No se anunciarán más las muertes mediante una crónica, nadie nos contará más la triste e increíble historia de una nieta y su desalmada abuela. Ya nadie nos contará más… de una larga soledad. Ha muerto el que contaba.

Desde Cáritas acompañamos a nuestras hermanas y hermanos del Norte. Hoy los deja un hombre bueno, un grande de los suyos, un auténtico “duro”. Alegre, mamador de gallo, franco y directo. Trabajador y luchador ejemplar; periodista fiel a la vida real, escritor honesto, embrujador esmerado con una magia que alivia, entretiene e invita a trascender. Ecuador entero aprecia a este Ñaño colombiano, y hoy acompaña a nuestros vecinos en su justo pesar.

¡Gracias Gabo! ¡Paz y Alegría en tu tumba!

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