Y tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara.(Gen. 2,15)

Es la voluntad divina el cuidar la Tierra. Pero la realidad ha sido otra: en vez de custodiar el legado del Creador, la estamos destruyendo. Los recursos naturales dados por Dios están en serio peligro por causas humanas. Hoy, en el Día Mundial de la Tierra, queremos reflexionar sobre este don divino y mirar hasta dónde hemos cumplido el encargo que de cuidarlo.

La vida del ser humano depende de la salud de la Tierra: si depredamos el medio ambiente, nuestra vida estará en evidente riesgo. El Creador nos heredó un sistema ideal para la vida, pero el quehacer racional ha roto ese equilibrio. Nuestra vida y la de muchas especies vegetales y animales corre el riesgo de desaparecer.

Contaminamos el aire, el agua y el suelo, rompiendo un equilibrio sabio que nos ha mantenido por miles de años sobre nuestro planeta. La depredación humana de la Tierra se evidencia, principalmente, en estos hechos:

Calentamiento global: el tema ha cobrado carácter político mundial, y para los expertos ya hemos pasado el punto de inflexión. Está subiendo el nivel del mar, y puede calcularse en 3.000 millones de personas afectadas para el 2050, pues viven en ciudades costeras.

El mar va subiendo 4 milímetros por año y la temperatura ha aumentado casi un grado centígrado a partir de 1990. Los efectos del calentamiento global en la agricultura y la pesca pueden llegar a ser catastróficos. A nivel mundial, el cambio climático ha generado en los últimos 40 años la pérdida del 20% de la superficie de los glaciales y la disminución del 20% del caudal del río Amazonas.

Pérdida de la biodiversidad: al destruir el hábitat de muchas especies, se rompe la cadena alimenticia, dañando los ecosistemas interdependientes (la “sexta extinción”), llevándonos irreversiblemente al hambre.

Contaminación y desperdicio del agua: los residuos industriales y la malversación del agua. Hoy, un tercio de la humanidad no tiene acceso a agua limpia, pudiendo aumentar a dos tercios para el año 2050. En la opinión pública se habla de futuras guerras por la posesión del agua.

Contaminación del aire y el suelo: los compuestos químicos generados por la industria y los motores generan tóxicos letales para el aire; el suelo recibe plásticos, metales y nitratos. Todo es producto de nuestro “estilo de vida”.

Deterioro de la capa de ozono: hay cloro y bromo en el aire; al llegar a la atmósfera, hacen que el ozono se separe y se formen agujeros; el más inmenso está sobre el océano Antártico.

Muerte en el mar: los cálculos estiman que para el 2050 ya no habrá peces en los mares, debido a la pesca excesiva, mientras que la demanda de este alimento crece en el mundo.

Desaparición de los bosques: hemos destruido más de la mitad de los bosques del mundo; a partir de 1990, la velocidad a la que mueren los árboles asombra a biólogos y genetistas.

Es hora de cuestionarnos: vamos por el camino equivocado.

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A esta depredación real debemos añadir otro grave error: la Tierra está mal repartida. Hacemos referencia al suelo disponible para la agricultura. El 29 de octubre del año anterior, el Papa Francisco se reunió con los Movimientos Sociales a nivel mundial. En este encuentro se evidenció la injusta repartición de la tierra apta para cultivos: apenas la cuarta parte de las tierras útiles para sembrar está en manos del 90% de quienes las cultivan, que son, en su gran mayoría, indígenas y campesinos.

Si estos indígenas y campesinos siguen perdiendo la tierra cultivable, desaparecerán pueblos, comunidades y culturas productoras de alimentos y vendrá la hambruna mundial. Citando la Doctrina Social de la Iglesia, Francisco expresó: “… la reforma agraria es, además de una necesidad política, una obligación moral”.

En este encuentro con los Movimientos Sociales, Su Santidad consideró que el hambre es un crimen y que la alimentación es un derecho inalienable; además, el Papa exhortó a campesinos e indígenas a “… que sigan con la lucha por la dignidad de la familia rural, por el agua, por la vida y para que todos puedan beneficiarse de los frutos de la Tierra”.

Es tan equivocado nuestro rumbo que empleamos la tierra para sembrar soya, caña y otros vegetales, con el fin de producir combustibles para mover vehículos y motores, a pesar de que la desnutrición es la causa principal de la muerte de los niños y niñas a nivel mundial (seis millones de niñas y niños mueren anualmente por desnutrición en la Tierra). Paraguay siembra alimentos para cerdos en China, y hay personas con hambre entre el pueblo guaraní.

Si buscamos la causa general que produce la actual depredación de los recursos naturales, debemos definirla como nuestro “estilo de vida”. Ese “estilo” se llama consumismo. El consumismo es, de por sí, todo un estilo de vida: el más light, el que impera y está de moda, el que debemos seguir para sintonizarnos y andar al día. El consumismo es más que una actitud: es una “filosofía” que se centra en el tener, no en el ser; adorar al dinero y a la comodidad es una norma.

Consumismo es comprar y utilizar desmedidamente, adquirir lo innecesario aceptando como necesidad lo superfluo, promovido por la propaganda. Consumismo es competir por tener lo más caro, lo más moderno, lo más de moda, sin importarnos cuánto cueste o cuanto contamine. La cultura del ahorro ha sido reemplazada por la cultura del endeudamiento, y las tarjetas de crédito nos ponen todo al alcance de la mano. ¿Resultados del consumismo? Basura. Producimos cada vez más residuos sólidos, llenando con ellos el suelo, los ríos y lagos y, sobre todo, los océanos.

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La basura, como tal, es contaminante; pero si la reciclamos, ahorramos materias primas que no producimos y debemos importar: vidrio, papel, metal y plásticos; los residuos orgánicos tratados son excelente abono natural. En el océano, la basura mata peces y plantas y acidifica el agua marina. En diez años podremos estar arrojando al mar diez veces más basura, si no cambiamos de mentalidad, si no practicamos buenos hábitos ambientales.

Analizamos el estrés hídrico que vive el mundo y también Ecuador. La contaminación de agua dulce se evidencia en la muerte de al menos seis ríos en el país. Aunque tenemos una riqueza hídrica privilegiada, las fuentes de agua se están contaminando por acción humana; además, desperdiciamos agua potable en cantidades alarmantes.

La relación ser humano-Tierra tiene preocupantes indicadores, no es solo ecologismo: existe una relación directa entre el riesgo de degradación del ambiente y el nivel de afectación a las poblaciones más pobres: “Alrededor del 25% de todas las enfermedades que se pueden prevenir son causadas principalmente por la degradación del ambiente, la mala gestión de los recursos naturales, la excesiva producción de desechos orgánicos y los patrones de producción”. (OPS, 2000).

Hoy, en Ecuador, la demanda de recursos naturales ha superado a la oferta. Por esta razón, a partir del 2005 la huella ecológica del país superó la capacidad que tiene la naturaleza de renovarse, regenerarse y absorber desechos. Aumenta la huella ecológica, mientras disminuye la bio-capacidad renovadora del planeta: desde el 2005, la huella ecológica ha crecido un 49%, y la bío-capacidad renovadora de la Tierra ha mermado un 71%; este dato es muy preocupante.

Los hechos y cifras que aquí presentamos nos dan un panorama de nuestra relación con la Tierra y la vida. ¿Cuál es el papel de la Iglesia en este entorno depredado? La Iglesia parte de un principio fundamental: “Tierra para vivir” (Núm. 33, 5). La Tierra es un don entregado por Dios a toda la humanidad, y todo lo que hay en ella es para sus hijas e hijos. La Tierra es alimento para el ser humano, y no es para “someterla”; este concepto de “someter la Tierra” se ha tergiversado: la Tierra está a nuestro servicio, pero la relación tiene que ser de custodiarla, de cuidarla.

La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es muy clara sobre el papel del cristianismo en la tutela del medio ambiente: “Es un deber común y universal respetar un bien colectivo, destinado a todos, impidiendo que se puedan utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados —animales, plantas, elementos naturales—, como mejor apetezca, según las propias exigencias” (No. 466).

El P. José Luis Caravias S.J. amplía la visión ecoteolólgica: “Dios nos premia con su amor y nos entrega la Tierra; como toda persona cuando recibe un regalo, lo cuida, lo protege, lo cultiva y la reparte bien”. Dios quiere la prosperidad de todas y todos, y por esta razón nos otorga el derecho de trabajar la Tierra. Sin embargo, hemos sido nosotras y nosotros quienes hemos creado un sistema de exclusión que privilegia y acapara cada vez más tierra. No somos justos ni recíprocos con Dios y su regalo de vida.

El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) también ha abordado a fondo la relación Tierra-humanidad. El Documento de Aparecida (2007) reafirma nuestra obligación de cuidar la Tierra y transformarla en fuente de vida digna para todos, pero “… el hombre amenaza y aun destruye su ‘hábitat’. La ‘hermana nuestra madre tierra’ es nuestra casa común y el lugar de la alianza de Dios con los seres humanos y con toda la creación. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida”.

Continúa el Documento de Aparecida: “La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que, respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre”. Aparecida reafirma el compromiso de cuidar la Tierra para futuras generaciones y regular los recursos naturales con justicia. La Encíclica Populorum Progressio también enfatiza en la necesidad de “… repartirse los bienes de manera justa (…) los bienes entregados no le pertenecen a los ricos”.

En su “Carta sobre La Tierra, MADRE FECUNDA PARA TODOS” (2000), la Conferencia Episcopal Boliviana pide “… un acercamiento crítico e integral a la problemática de la Tierra (…) Una iluminación desde el Evangelio y la DSI, en fidelidad al mensaje de Cristo”. “Un problema ambiental mundial es la producción de residuos sólidos (…) que afecta a todos los organismos que tienen vida”.

Para el Obispado boliviano, la respuesta cristiana ante la crisis ambiental debe ser la solidaridad en su protección, la subsidiariedad –según los niveles de responsabilidad personal, comunitaria o nacional– y la justicia –distribución igual entre responsabilidades y obligaciones–. Tenemos que prever las consecuencias de nuestro accionar con miras al futuro; todas y todos somos responsables.

Por último, el Papa Francisco, en su Evangelii Gaudium es radical: “El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a reducirlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”. Al mismo tiempo nos pide decir no a “… una economía de la exclusión y la inequidad. Esta economía mata (…) No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad”. La exhortación papal es muy clara: ser custodios y ser justos con la Tierra y sus bienes.

contaminacion tierra

Hemos descrito el panorama ambiental actual. ¿Qué debemos hacer como cristianos? Primero que todo, ser conscientes de que somos nosotras/os quienes afectamos al planeta con nuestro “estilo de vida”, con nuestro consumismo, que genera más y más basura: en diez años podremos duplicar la cantidad de basura: ¡serían 6 millones de toneladas de basura diarias!

En segundo lugar, conocer qué es la huella ecológica, ser conscientes de lo que hacemos y cambiar nuestros hábitos para generar menos impacto ambiental. Controlar nuestra huella ambiental nos lleva a diseñar nuestro propio plan de manejo de la basura: he aquí algunos consejos prácticos para tu plan de manejo de basuras:

1.- REDUCE: Debemos reducir el consumo de papel, plástico y materiales desechables (platos, vasos, cubiertos, etc.) De esta forma ayudamos a la disminución de lo que se llama polución blanca. Una tonelada de papel implica la tala de 14 árboles y se ahorrarán 7000 litros de agua. Consume solo lo necesario. Adquiere productos con el menor empaque posible, o con envase útil.

2.- REUSA: Démosle un mayor uso al papel, cartón, plástico y vidrio que adquirimos todos los días. Reutiliza el papel escribiendo o imprimiendo en ambos lados de la hoja. Así contribuimos a disminuir la “cultura del descarte”, y a revalorizar la vida útil de los objetos; es cuestión de ir cambiando de mentalidad.

3.- RECICLA: Reciclar implica clasificar nuestros desperdicios diarios, es decir: alimentos, papel, cartón, plástico, envolturas, baterías, vidrio, latas, etc. que permitan su mejor descomposición y/o reempleo. Los desechos, al combinarse, producen líquidos contaminantes que van a los ríos y al mar o son absorbidos por la tierra.

4.- REDIMENSIONA: Otorguémosle una dimensión nueva a las estrategias realizadas, ya que hemos logrado construir una nueva forma de relacionarnos con el don de la creación, siendo responsables de nuestro impacto ambiental y tratando de reducirlo. Por ejemplo, comer carnes blancas en lugar de carnes rojas significa un daño ambiental 15 veces menor (UNESCO-UNEP, 2002).
No se trata solamente de conservar y proteger la naturaleza para el desarrollo, sino de construir nuevos estilos de vida que permitan la manifestación de lo diverso, en lo cultural y en lo natural, y la realización de potencialidades individuales y colectivas. El consumismo no es cristiano; combatamos esta mentalidad.

Y siempre tengamos fe en lo que hacemos por la Tierra. ¡Todavía es tiempo para salvarla!

Imágenes vía planetaazul.com.mx.

  1. 29/04/2016

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