La retención arbitraria y el crimen ocurrieron frente a decenas de ciudadanos. Un hombre con un cuchillo en la mano mantuvo en la calle, como rehén, hasta su asesinato público a una mujer la noche de este sábado 19 de enero del 2019 en el centro de Ibarra, provincia de Imbabura, en el norte de Ecuador.

En los últimos tiempos, tanto en Ecuador como en el resto del mundo ha habido un abrumador incremento de los feminicidios, según las últimas estadísticas en nuestro país, desde el 1 de enero del 2014 hasta la tercera semana de enero del 2019, 603 mujeres has sido asesinadas por razones de género. 

A estos datos hay que sumar que la violencia física, psicológica, sexual, económica y patrimonial se ejerce contra las mujeres en el ámbito familiar de manera constante, provocando con ello daños físicos y psicológicos que también afectan a las y los demás integrantes de la familia, sobre todo a las hijas e hijos, provocando impactos sociales negativos a corto, mediano y largo plazo.

La violencia en la comunidad y en el ámbito escolar de la que son objeto tanto las mujeres como las personas con identidades genéricas diversas es intolerable y debe serlo para todo ser humano, sin importar el credo religioso que profese, pues son daños personales y sociales de gran impacto y trascendencia que generan exclusión, discriminación, violencia social, xenofobia, aporofobia y marginación. Las formas en las que se expresan esas violencias contra las mujeres y las personas con identidad genérica diversa son sumamente crueles y no están encontrando respuesta en las autoridades para sancionar.

Según el teólogo p. Juan Carlos Scanonne, “el día que la sociedad suprima las desigualdades (en dignidad y derechos) entre las mujeres y los hombres, ese día las religiones no tardarán en reconocer, aceptar y poner en práctica la igualdad de los que, por su condición de género, son diferentes”.

Comenta el teólogo que, según los evangelios, “Jesús tuvo un trato excepcional de respeto, delicadeza y aceptación de la mujer, fuera cual fuese su origen o su conducta”. Con base en todo esto, Castillo asevera que “la lucha, en defensa de los derechos y de la dignidad de la mujer, tiene que ser ante todo una lucha política, jurídica, social y laboral”, y recomienda siempre hacerlo de cara a la luz del evangelio.

La feminización de la pobreza como un fenómeno que espantosamente se ha normalizado coloca a las mujeres en una situación especial, pues las mujeres no hablan de la violencia, sino desde la violencia y en situación de violentadas. El principio hermenéutico de la teología feminista de América Latina tiene que ver con el lugar desde dónde se elabora la teología. El lugar teológico dónde se ubica la reflexión es en la situación de pobreza como una forma de violencia que caracteriza a Ecuador. La pobreza y la exclusión son comprendidas desde los parámetros de la violencia de acuerdo al análisis de las teorías de género. De acuerdo a la teóloga Mercedes Casas: “La pobreza es en sí misma violenta, y más cuando se sufre por la arbitrariedad de haber nacido de uno u otro sexo”. A esto se agrega que las mujeres en América Latina como en Ecuador también sufren la violencia de la pobreza por ser mestizas, indígenas y negras.

La pobreza a su vez es una consecuencia de la injusticia, sin embargo, no se puede hablar de injusticia simplemente, sino de la construcción de sistemas y estructuras de injusticia generados por un modelo neoliberal, que a su vez tiende a globalizar la pobreza, generando cada vez más personas excluidas. En este sentido, la búsqueda de la justicia contra la injusticia no solo es un elemento ético que forma parte de la teología feminista latinoamericana, sino que se convierte en uno de los principios y ejes hermenéuticos de esta teología.

La realidad de la triple opresión que viven las mujeres latinoamericanas y ecuatorianas por ser mujeres, por ser mestizas, indígenas o negras, y por ser pobres, las ha llevado a ser conscientes de la necesidad de liberarse de las estructuras asimétricas que justifican la opresión-exclusión de la mujer.

Así pues, la invitación está hecha a que se genere la reflexión, que se incida en las conciencias de todas las personas, particularmente de aquellas que están ejerciendo violencia, que nos pongamos un alto sobre las violencias y discriminaciones tangibles e intangibles que aplicamos contra las personas cuyas identidades de género nos hacen creer que deben someterse a nuestra voluntad o que no son las que social y culturalmente consideramos correctas. Que se tome una postura pública y se denuncie la violencia de género en sus diversos tipos y modalidades, particularmente contra las mujeres, como algo inadmisible para la Iglesia Católica, en una búsqueda por contribuir al desarrollo y a la paz mundial.

Retomo aquí la Carta Encíclica LAUDATO SI, en su numeral 208, que nos dice: “Siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro. Sin ella no se reconoce a las demás criaturas en su propio valor, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento”.

Write a comment:

*

Your email address will not be published.

Síguenos en: