Dice el Papa que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, pero consideran la fe como algo obvio que se da por presupuesto, mientras que este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado.

La fe no consiste en la confesión y aceptación racional de un conjunto de verdades que se afirman. La fe es ante todo una postura existencial, la fe es una actitud, es un compromiso con Dios y con el prójimo. La fe comprende entonces el conjunto de la vida teologal: fe, esperanza y caridad.

La fe es un compromiso con Dios y con el prójimo. La fe no se limita a afirmar la existencia de Dios. No, la fe nos dice que Dios nos ama y exige de nosotros una respuesta de amor; esa respuesta de amor se da en el amor a los hombres, eso es lo que entendemos por un compromiso con Dios y con el prójimo.
El encuentro con Dios se da en el encuentro con el prójimo: es en los encuentros con los otros que yo encuentro a Dios.

La fe vista así es entonces el horizonte y es también el motor de todos los comportamientos humanos. En el mundo, el encuentro con Cristo es lo que encuadra todo nuestro comportamiento humano, al mismo tiempo que lo diviniza. El encuentro con Cristo se hace en el prójimo y de allí la pregunta clave: ¿quién es el prójimo?

La parábola del buen Samaritano, es clara. Se pregunta a Cristo: ¿quién es mi prójimo? Entonces el Señor cuenta una historia que en un examen superficial hace creer que el prójimo es el que está en el camino, el herido. Pero Cristo invierte al final la pregunta: ¿Cuál de éstos fue el prójimo del otro? ¿Quién de los tres? Ser cristiano es aproximarse, hacer prójimos, no el encontrarlos en mi camino sino aquel en cuyo camino yo me pongo: mi prójimo es aquel a quien yo me aproximo, soy agente de la historia.

Hay caminos en la vida en los que siempre encontraremos prójimos. Si yo tomo el camino del encuentro con los demás, encontraré millones de prójimos. El hombre con su libertad es el que construye su emancipación y su salvación. Es cierto que yo encuentro a Dios en el prójimo, pero en realidad al prójimo lo busco, me aproximo, lo hago prójimo. El último que pasó delante del herido lo hizo su prójimo.

Que mi encuentro con Dios se da en el prójimo, es un tema bíblico clásico. Mateo 25, es un texto claro; pero todo el Antiguo Testamento lo dice: lo que le hacen al extranjero, a la viuda, y al huérfano, afecta a Dios mismo. Son los tres tipos de pobres, el extranjero mal visto por un pueblo nacionalista, la viuda que no tiene quien la sostenga y el huérfano sin el apoyo de sus padres.

La fe dinamiza mi actuar en la historia, me hace tomar en serio esa historia, porque yo no puedo ser cristiano fuera de ella y en este momento no hay que tener ningún temor en decirlo así y eso es lo que se llama una inteligencia del compromiso actual; no hay manera de ser cristiano en este momento sin un compromiso de fraternidad. Para ser cristiano en nuestra época es necesario comprometerse en una forma u otra con el proceso de construir un mundo más humano. Puesto que el Evangelio es ante todo un mensaje de Salvación, no un cúmulo de normas morales o mandamientos que cumplir.

La fe se vive en el compromiso con la historia; ahora bien, lo propio de la fe cristiana es creer en Cristo, es decir, creer que Dios se ha comprometido en forma irreversible con la historia humana, eso es creer en Cristo: creer que Dios ha tomado un compromiso con el devenir histórico de la humanidad.

Tener fe en Cristo es ver la historia en la que estamos viviendo como la revelación progresiva de Dios en su faz humana. “El que me ve a Mí ve al Padre”. Esto vale para todo ser humano en cierta manera, según ese gran texto de Mateo 25, la parábola del juicio final que nos recuerda que la acción frente a una persona, es una acción frente a Dios: Si diste de comer, de beber, etc. a Mí me lo diste; si lo negaste, a Mí me lo negaste.

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