Desarrollo Humano Integral Solidario

El ser humano pleno y en relación con otros como camino para el Desarrollo Humano Integral Solidario – DHIS

Lo más importante es reconocer que como personas, todos y todas somos seres maravillosos y, aunque sumamente complejos, estamos siempre llamados a vivir plenamente. Esta es, quizás, la tarea más importante de toda nuestra vida: ser plenos, es decir, amar y ser amados y en ello encontrar el camino para construir un mundo donde las personas puedan vivir felices. Es así como podemos entender el sentido del Desarrollo Humano Integral Solidario -DHIS- para nuestro ser y hacer como Pastoral Social Cáritas Ecuador -PSCE-.

Tomando como base estos dos elementos, podemos preguntarnos ¿quién soy?, y descubrir qué somos:

  • cuerpo (dimensión físico-biológica),
  • sentimientos (dimensión psico-afectiva),
  • inteligencia (dimensión psico-racional), y
  • capacidad de relacionarme (dimensión social).

Pero no somos la suma de estas dimensiones sino la unidad de ellas, integradas por la dimensión espiritual que nos confirma el sentido de nuestra vida, y logra esa armonía que describimos como plenitud, mirando y actuando más allá de nosotras y nosotros mismos.

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Comprendernos como una unidad nos ayuda a evitar la fragmentación de la persona, situación tan común en nuestro tiempo. Esta totalidad de la persona debe sostenerse en un cimiento sólido basado especialmente en:

  1. Descubrir lo que soy yo –la persona–, qué implica un crecimiento personal
  2. Descubrir al otro –compromiso histórico-
  3. Descubrir lo que nos trasciende –lo espiritual–.

Una visión completa del desarrollo humano integral solidario (DHIS) tiene que involucrar mi crecimiento personal, la transformación de la sociedad y el encuentro con aquello que me trasciende (experiencia de Dios) y me une con el otro: lo espiritual.

Situaciones que impiden e interrumpen la posibilidad del Desarrollo Humano Integral Solidario -DHIS-

Es importante reconocer todo aquello que en nuestra sociedad impide a las personas vivir esa plenitud antes reseñada, impide lo que Dios sueña para sus hijas e hijos más amados. Reconocer y superar estas dificultades nos permite acompañar más integralmente a otros y a otras, y nos ayuda a prepararnos adecuadamente para responder en esta clave del DHIS. Estas dificultades son:

  1. Endurecimiento: la persona toma posturas y actitudes rígidas e intransigentes
  2. Afán de poder: todo lo que hace lo dirige a ganar y mantener poder dentro de su grupo
  3. Estancamiento: la persona se mantiene dentro de su grupo, asociación u organización pero cae en una rutina estéril, abandona la creatividad, la pasión, la frescura
  4. Insensibilización: la persona tiene la actitud de negar o evadir la situación de pobreza, necesidad e injusticia que padece la inmensa mayoría del pueblo (incluyéndola a ella)
  5. Se “vacunan”: dejan de creer en la bondad y en la posibilidad del cambio constructivo
  6. Se "pasan a la otra banqueta”: algunas compañeras/os “vacunados” no sólo se salen de su grupo, sino que además se incorporan al proyecto contrario
  7. Se “quiebran”: por desgracia, algunas compañeras/os terminan destruidos psicológica y espiritualmente

Posibles caminos para promover un Desarrollo Humano Integral Solidario que haga más plenas a las personas con las que caminamos como PSCE

Como miembros de la PSCE, la clave está en hacer un esfuerzo de reflexión consciente, deliberado y lleno de amor por cambiar nuestra mentalidad, y renovar y fortalecer nuestro espíritu de servicio. Para ello es necesario considerar:

  1. Fortalecer la autoestima: Es una tarea personal, pero también es una responsabilidad de las organizaciones estimular un nuevo modo de relaciones humanas donde se respete y valore a cada miembro del grupo.
  2. Rescatar el concepto y el modo de vivir el amor: el reto es recuperar la fuerza transformadora del amor.
  3. Abrir nuestra concepción del ser humano: se trata de tener una visión más completa, más integral, más justa de lo que somos los seres humanos.
  4. Integrar la lucha por el cambio social con el esfuerzo de ser más persona.
  5. Centrarnos más en nuestra fe para fortalecer nuestra vivencia religiosa: ser una Iglesia fraterna, fresca, siempre abierta a lo que el Espíritu nos vaya inspirando.
  6. Enriquecer nuestra imagen de Dios: dejar que Jesús nos revele al auténtico Dios de la Vida y el Amor.
  7. Enriquecer nuestra concepción del ser humano
  8. Ahondar nuestra relación personal con Jesús: Identificarnos con Él a través de todas nuestras acciones, pensamientos, deseos, etc.
  9. Lectura integral del Evangelio: la Biblia, la Palabra de Dios, nos habla de la Historia de Salvación, no es una historia de condenación.
  10. Discernir y estar atentos a los “signos de los tiempos” para poder responder de la manera más adecuada y eficaz. Ser cristiana/o implica un espíritu innovador, creativo, flexible, valiente.
  11. Finalmente, y aunque ya está dicho de alguna manera en otros incisos: es vital que en nuestra RED de la PSCE seamos capaces de entender el sentido del DHI y con ello busquemos nuevas maneras de organizarnos, de funcionar, de relacionarnos y de trabajar. Jesús nos dejó el hermoso encargo de ser pastores, no inspectores, jueces o tiranos.

Fundamentos Teológico-Pastorales
“Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. (Jn 10, 10)

“Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!”.

“El amor -«caritas»- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,32)”.

“Queremos, por tanto, desde nuestra condición de discípulos y misioneros, impulsar en nuestros planes pastorales, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, el Evangelio de la vida y la solidaridad. Además, promover caminos eclesiales más efectivos, con la preparación y compromiso de los laicos para intervenir en los asuntos sociales… Las Conferencias Episcopales y las Iglesias locales tienen la misión de promover renovados esfuerzos para fortalecer una Pastoral Social estructurada, orgánica e integral que, con la asistencia, la promoción humana, se haga presente en las nuevas realidades de exclusión y marginación que viven los grupos más vulnerables, donde la vida está más amenazada”

Dimensiones que sustentan y sostienen nuestra apuesta por el Desarrollo Humano Integral Solidario -DHIS-

Partamos de que el Desarrollo Humano Integral y Solidario - DHIS, se refiere a la vida plena de cada persona y de todas las personas articulando sus múltiples y complejas dimensiones: antropológica, espiritual, social, política, económica, cultural, ecológica, todo ello centrado en el amor, la verdad, la libertad, el bien común, la solidaridad, la ética, y en armonía con la creación que es don de Dios.

Reflexionemos y definamos cada una de estas dimensiones.

  1. La visión profunda del ser humano y su identidad (Dimensión Antropológica) desde el DHIS

“No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?” Evangelii Gaudium 7 y 8.

La Dimensión Antropológica Es todo aquello que define al ser humano en su ser y hacer. Reconocimiento de todos los aspectos que nos determinan como seres humanos en lo particular y como sociedades, y la relación que tiene con nuestra historia, y con nuestras visiones de futuro, e incluso nuestra propia concepción de trascendencia y misterio.

  1. La comprensión sobre nuestras prácticas, expresiones, y sobre las diversas representaciones (Dimensión Cultural) desde el DHIS

“El substrato cristiano de algunos pueblos –sobre todo occidentales– es una realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano. Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras. Allí hay que reconocer mucho más que unas «semillas del Verbo», ya que se trata de una auténtica fe católica con modos propios de expresión y de pertenencia a la Iglesia. No conviene ignorar la tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa cultura evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos que una mera suma de creyentes frente a los embates del secularismo actual. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida”. Evangelii Gaudium No. 68

La Dimensión Cultural, se centra en la valoración de la identidad e interculturalidad desde las prácticas y las expresiones propias de los grupos y/o comunidades. Respetando las culturas de los pueblos, su historia, saberes populares, usos, costumbres, religiosidad, y ritos culturales propios, los cuales deben ir en concordancia con la promoción de una persona más humana. De igual forma, es el reconocimiento del diálogo entre las diversidades culturales, para enriquecerse mutuamente y promover la universalidad de valores conjuntos como: respeto, libertad, participación, democracia, solidaridad, justicia y paz.

  1. Las relaciones entre los seres humanos (Dimensión Social) y su comprensión desde el DHIS

Confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano implica descubrir que «con ello le confiere una dignidad infinita». Confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana significa que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios… «Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres». Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales: «El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables»…  Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás”. Evangelii Gaudium 178.

La dimensión social considera que el ser humano es un ser social, es decir, un sujeto en inter-relación. Nuestra vida se enmarca en las relaciones que nos van conformando como personas y en nuestras opciones fundamentales. Asimismo, el ser humano está llamado a comprometerse y hacer realidad el proyecto de Dios, buscando profundizar en todos los aspectos que influyen en la vida de las personas, haciendo nuestras las necesidades de los demás. Para ello es importante respetar los derechos fundamentales que garanticen una vida digna y comunitaria, las relaciones del ser humano consigo mismo, con su entorno natural, familiar, comunitario y con los poderes existentes en la sociedad, con el fin de  favorecer la igualdad, la justicia y la solidaridad.

  1. El compromiso y participación en los ámbitos del bien común (Dimensión Política) y su concreción desde el DHIS

“…, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia»… De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo” y porque “La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” Evangelii Gaudium 183 y 205.

Partamos de que lo político no es lo mismo que el “partidismo”; lo político es, y debe ser, un mecanismo que propicie democráticamente consensos en las sociedades, buscando responder a las necesidades de los ciudadanos, de forma equitativa e incluyente.

La dimensión política es entonces una aspiración humana trascendental; es la búsqueda del bien común y esto, necesariamente, es una mirada política. Esta dimensión le permite al ser humano viabilizar su búsqueda de mejores condiciones de vida, ser reconocido y tratado dignamente, y esto lo hace en conjunto con otros hombres y mujeres de manera más o menos organizada.

El poder es un ámbito significativo en lo político, el ejercicio del poder desde la moral, la ética, y la fe debe ser experimentada como una clara vocación de servicio, buscando constituir sociedades justas, donde se dignifique a todo ser humano por el hecho de serlo.

  1. El compromiso con las situaciones de pobreza y desigualdad en nuestros contextos (Dimensión Económica) y su análisis desde el DHIS

“Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve” yLa economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos”. Evangelii Gaudium 53 y 206

La dimensión económica es el proceso por el cual las personas desarrollan actividades que les permiten generar los medios y recursos, monetarios y otros, con los cuales pueden aspirar a una vida diga, para sí mismo, la de sus familias y sus comunidades. Objeto de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos cuantitativos, y cualitativos, y bajo las premisas propias de la Doctrina Social de la Iglesia para los que somos creyentes. Es moralmente correcto si está orientada al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y trabaja.

Se trata de una de las dimensiones humanas centrales que debe estar sustentada en la articulación entre la solidaridad, cooperación, rentabilidad, cuidado del medio ambiente. “El desarrollo económico, social y político, si quiere ser humano, necesita dar espacio al principio de gratuidad, expresión de fraternidad”.

  1. El profundo impacto de nuestro estilo de vida y nuestra mirada de progreso en el ámbito ecológico (Dimensión Ecológica ) y su reflexión desde el DHIS

“El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”. Evangelii Gaudium 56.

La dimensión ecológica: Tiene que ver con la casa grande y común en la cual todo existe en un estado de interrelación e interdependencia, lo cual hace posible la evolución y la vida. Los seres humanos que existimos de forma autoconsciente y libre nos sentimos parte de la naturaleza, pero agradecidos por este don y llamados a restaurarlo, cuidarlo, cultivarlo (Gn 2,15) y preservarlo para las presentes y futuras generaciones.  Este espacio de vida es limitado, por lo que exige un estilo de vida que tome en cuenta el principio de suficiencia; y debemos asumir que está mal distribuido, por lo que es necesario aplicar el principio del destino universal de los bienes.

  1. El llamado a la trascendencia a través del seguimiento de Cristo y su proyecto de Reino (Dimensión Espiritual) y su camino de construcción en el DHIS

“La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa” y “En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza». En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!”. Evangelii Gaudium 71 y 86.

La Dimensión Espiritual es un dinamismo y una fuerza interior que nos permite reconocer a Dios en medio de la realidad toda. Esta espiritualidad se experimenta como fuerza de todo ser humano y se conquista mediante la oración, y para los creyentes se vivencia en los sacramentos, en la lectura de la Palabra de Dios, y en la práctica de la caridad, donde se reconoce la fuerza incontenible del amor de Dios, sin ningún tipo de discriminación. La maravilla de su amor se expresa en todo lo que somos, en lo que potencialmente estamos llamados a ser cada día como seres plenos, integrados, respetuosos y maduros que se hacen dueños de sus luces y sus sombras. Esa espiritualidad se sostiene en una persona, en Cristo, y en el seguimiento de su proyecto humano y divino como puerta para construir un mundo nuevo, el reino. Nuestra espiritualidad está centrada en el seguimiento del modelo de vida y obra de Cristo, en la perspectiva de la realización total de nuestro ser.

A modo de corolario

Nuestra espiritualidad cristiana, hoy, nos llama a:

  1. Ser testigos del Misterio. La situación crítica que vivimos actualmente se relaciona sobre todo a la dificultad de acceso o ausencia, a la experiencia de misterio y trascendencia en la Iglesia y en la comunidad cristiana.
  2. Responder a los problemas de la modernidad. Nuestra fe cristiana debe tener una clara dimensión profética y de denuncia, es decir, asumir claramente la pedagogía de Jesús que es de compromiso con la realidad de acción amorosa por los más pobres.
  3. Pertenencia a la Iglesia. Muchas personas requieren de esos momentos de ruptura para experimentar el reencuentro, pero es justamente en el reencuentro donde debemos entender el sentido de la comunidad como base de nuestra experiencia humana, y sobre todo como el eje de nuestra vivencia como cristianos. Debemos superar esa tentación a fabricarnos una experiencia de fe o de religiosidad a la medida.
  4. El poder de lo simbólico y celebrativo. En medio de tantos cambios también podemos reconocer que se está despertando una nueva sensibilidad hacia lo trascendente en un mundo donde muchas personas viven fragmentadas y heridas. Esta posibilidad del misterio nos permitirá en principio sanar las heridas, recuperar la dignidad, restituir la fe y esperanza, para luego vivir el encuentro con Cristo y alcanzar el DHIS.