La crisis política, económica y social que vive Venezuela en los últimos tiempos, obligó a que más de 3 millones de venezolanos abandonen su país en busca de mejores oportunidades de vida.

En Ecuador residen alrededor de 390 mil venezolanos regularizados y actualmente la Asamblea Nacional aprueba la Ley de Movilidad Humana; entre los cambios más relevantes se evidencia que la deportación será un trámite administrativo de las autoridades migratorias, sin tener presente a una instancia judicial. En palabras de Lenin Moreno, presidente de la República de Ecuador «en el proyecto, se planteaba la posibilidad de expulsar y deportar a aquellos extranjeros que vienen al país a delinquir o que son encontrados cometiendo delitos».

Para las organizaciones defensoras de Derechos Humanos, esta Ley es un retroceso en cuestión de derechos y se manifiestan profundamente preocupados, porque, con esta Ley no se estaría garantizando el debido proceso y respeto al derecho fundamental al libre tránsito y la protección integral de los grupos de atención prioritaria.
En este sentido, existe incertidumbre y preocupación por parte de la comunidad venezolana, quienes inicialmente han tenido que pasar por una migración forzada, la pandemia y ahora sobrevivir en el contexto de una Ley que vulnera sus derechos.

La migración es dolorosa por varios aspectos, la familia se desintegra, unos se quedan y otros se van, no saben cuándo se volverán a reencontrar, sus familiares fallecen y queda la nostalgia de no haberse despedido. Por donde se mire, la migración duele, pero también, de una u otra manera este proceso conlleva esperanza para quienes se arriesgan a emprender un viaje donde no saben lo que sucederá, se enfrentan a un mundo desconocido, pero como dice Yolimar «no queda más, porque era o morirnos de hambre o migrar para volver a reencontrarnos con la familia».

Yolimar Alizo, es venezolana de 43 años, es profesional, se graduó de Contabilidad y Administración, trabajaba en el Área de Recursos Humanos en una Petrolera e incluso llegó a ser Gerente de esta empresa; tiene dos hijos: Victoria de 17 años, Jesús de 9 y su esposo Yendrick Pernalete de 45 años. Esta familia venezolana vive actualmente en Quito – Ecuador, su esposo llegó primero en el año 2017; Yolimar y sus niños desde finales del año 2019, emprendiendo su viaje a Ecuador en un trayecto en bus que duró cuatro días, para reencontrarse con Yendrick, a quien no veían hace dos años. Él les enviaba dinero para que contaran con lo necesario en Venezuela, pero debido a la situación, el dinero que les enviaba ya no les alcanzaba.

Esta familia tuvo que sufrir los efectos de la migración, pero lo que más extrañan es a sus demás familiares que dejaron en Venezuela, no saben cuándo se volverán a encontrar.

La pandemia empeoró todo, por lo menos mi esposo no perdió su empleo. Vivimos con lo necesario, no nos falta la comida que es lo importante. Debemos tres meses de arriendo, pero gracias a Dios, la señora que nos renta es muy buena, nos ha dado tiempo para pagarle poco a poco. Mis hijos y yo pasamos encerrados en la casa, los niños estudian, yo me encargo de cocinar, limpiar y estar con ellos. Mi esposo es el único que trabaja. Yo, he tratado de buscar trabajo, pero no encuentro, el empleo se redujo considerablemente este tiempo de pandemia.

Quien salió primero de Venezuela fue mi esposo, por la situación económica, se quedó sin trabajo y lo que yo cobraba en el mío no alcanzaba. Cuando llegó a Ecuador permaneció 4 meses sin trabajar, estuvo a punto de regresarse y yo le dije que, si él regresa, él entraba por una puerta y yo salía por otra, porque la situación estaba cada vez peor. Gracias a Dios, luego de 4 meses, mi esposo consiguió trabajo; empezó lavando platos y luego lo contrataron como ayudante de cocina del restaurante. En Venezuela, él era despachador de petróleos, un trabajo muy distinto al que ahora realiza aquí, pero no importa siempre estaremos mejor que en Venezuela.

Victoria es mi hija de 17 años. Es muy responsable e inteligente, le va muy bien en sus estudios. Como llegamos a finales del 2019, no hemos podido salir mucho y socializar con otras personas. Este año la mayoría del tiempo hemos pasado encerrados, hacer tareas y estudiar me la entretiene.

«A mí me gusta mucho Ecuador, me encanta el clima de Quito, yo me adapté muy bien, pienso quedarme siempre a vivir aquí, aunque extraño mucho a mi abuela, ojalá pronto ella pueda estar aquí».

Tenemos un solo celular para que mis dos hijos estudien, se turnan el uso de internet. A veces no tenemos para recargarlo de internet, pero hago lo posible para que no se retrasen mucho en las clases. Allá muy poco los niños pueden acceder a clases virtuales, por falta de internet, deben ir caminando a sus escuelas a recibir clases, exponiéndose a la delincuencia. En este país la conectividad es mejor y les permite a ellos estudiar desde la casa.

Esta navidad será diferente. En mi casa en Venezuela, lo típico es reunirse toda la familia y elaboramos un plato que se llama allacas, llegamos a hacer hasta 800 allacas, las comemos hasta febrero, todos los días. Me llena un poco de nostalgia que este año será el segundo que paso fuera de Venezuela y lejos de mi mamá y mis hermanos. Acá vivimos cerca de mi cuñada, por eso nos reuniremos con ella, no haremos 800 hallacas, pero si vamos a cocinar las que alcancen, porque esa es una tradición tan nuestra que no la podemos perder.

Acá en Ecuador al menos tenemos que comer. Gracias al trabajo de mi esposo, comida no nos falta. En Venezuela, no era así, llegaban días en los que ya no tenía que darles de comer a mis hijos. En Venezuela, nos toca pagar en dólares. El sueldo básico es de 2 dólares y un pasaje en bus cuesta hasta un dólar; la comida, los servicios, todo es en dólares, menos el sueldo. Vivimos en una económica completamente desordenada. En algunos casos, si no tienes para el pasaje de bus te aceptan comida a cambio de monedas.

Mi esposo no piensa regresar a Venezuela. Tiene un empleo acá, y se ha adaptado muy bien con su jefe y compañeros.

En el restaurante me deben 800 horas extras de trabajo, las seguimos acumulando con la esperanza de que algún día este tiempo pueda ser reconocido, aunque yo comprendo la situación que estamos viviendo y sé que a veces el restaurante no da para pagarnos, yo entiendo la situación y comprendo. Cuando hay, mi jefe nos paga puntual, pero cuando no, nos pide que le esperemos unos días, lo importante es que no cierren el restaurante, toca seguir trabajando.

Todavía no nos adaptamos al encierro, a nadie le gusta estar encerrado todo el tiempo. Con mi hija, hemos hecho rutinas de ejercicio y aeróbicos para no volvernos sedentarios. Antes mi vida era muy activa, ahora no, espero que esta pandemia pase pronto.

No podíamos aguantar más viviendo en Venezuela. No teníamos luz, ni agua y en el lugar donde vivíamos la temperatura llegaba hasta los 50 grados centígrados, teníamos que pasar hasta 6 horas al día sin estos servicios. A veces el agua llegaba a la madrugada, y teníamos que levantarnos para ver si logramos coger algo de agua. No teníamos aire acondicionado y el agua teníamos que comprarla y no había todo el tiempo para comprar. La inseguridad, la delincuencia, los robos es realmente preocupante.

En Ecuador nos hemos encontrado con gente muy buena, quienes nos han tendido una mano. Conocimos al Programa EuroPana por medio de unos amigos, pedí una cita para atención jurídica, necesitábamos regularizarnos, por eso, Marlene nos ayudó sacando la visa humanitaria, nos ayudaron con un colchón para mi hijo y ahora estamos haciendo todo el proceso para tener las cédulas ecuatorianas. Realmente estamos muy agradecidos por el apoyo que recibimos.

© Equipo de Comunicaciones, Cáritas Ecuador

Entrevista: Karina Villacís, Coordinadora de comunicación.
Fotografía: Francisco Beltrán, Técnico de comunicación.
2020.

  1. 04/01/2021

    Hola, soy Yiliber Castro, mi hermano Pedro José Castro Sosa y su esposa; son venezolanos y contrajeron el Covid-19 y necesitan ayuda, él tiene 64 y ella 74, si pudieran prestarle algún tipo de ayuda se los agradecería mucho. Felicitaciones por su ardua labor y Feliz Año.

    Pedro Castro vive en Guayaquil y su teléfono: 961 089 232.

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