“Conspicuo” es una palabra poco conocida y empleada. Según el diccionario de la RAE, es de origen latino y significa “ilustre”, “visible”, “sobresaliente”. Volví a escuchar esta palabra en la dulce voz de una bióloga colombiana con la que me encontré en Mindo. Armada de su cámara fotográfica, enfocaba un pajarito común y corriente. Apartando su atención del ave, me dijo:

–Esa es una  tangara inconspicua.

Como las dos palabras me sonaban gringas, le pedí que me ampliara su apreciación sobre el pajarito que, para entonces, había retomado su incierto vuelo, alejándose de nosotros dos.

Tangara es el género al que pertenece el ave, e inconspicuo quiere decir que no es conspicuo, o sea, que no es muy visible, que se camufla en una tonalidad de color bastante difícil de ser percibida por sus depredadores aéreos, en este caso los gavilanes –, me dijo con la voz indulgente que pone la que sabe ante el que ignora. A partir de ese momento, me prendí de ella, de la bióloga, e hicimos un recorrido de casi tres horas por el camino que de Mindo va a El Cinto.

Cuando terminamos la caminata decidí escribir esta nota. Dios es conspicuo en cualquier lugar en que aparezca la vida natural. Dios es sobresaliente, ilustre y visible en Mindo cuando somos capaces de verlo reflejado a Él en la vida diversa y maravillosa que se esconde a los ojos no interesados, a la mirada de muchos de los turistas que visitan este valle privilegiado que antes se llamaba Mindalá (tierra de guayabas).

Si quieres ver una evidencia de Dios, mira atentamente la naturaleza que te rodea. Lo podrás ver en las plantas, en los animales y en el paisaje natural que  hablan y se muestran por Él: en Mindo abundan las heliconias, los helechos, las orquídeas, los árboles menores del bosque herido por la mano destructiva del humano. Lo verás en los pájaros, las mariposas, los  insectos y las ardillas que viven casi libres de peligro, ignorándonos, escondiéndosenos, huyendo pero presentes. Él está en los insectos diminutos en los que no cabe más belleza y perfección.

Dios está en los ríos, esteros y cascadas todavía limpios, en las mañanas frescas  que permiten oler la vida; ahí está Él, el artífice de tanta maravilla.

Claro que Mindo tiene su iglesia, y el párroco es un hombre joven y consciente de que el Templo es todo el valle de las guayabas. Pero no hay que ir a la iglesia para encontrarse con el Señor: basta abrir los ojos y oídos y despejar la mente para reconocer y encontrarse con un Dios conspicuo que, con una generosidad inmerecida, nos brinda el espectáculo de su obra magna: la Vida Natural.

Más del 60% de quienes habitan Mindo viven del turismo. Pero el turismo para Mindo y para otros paraísos naturales ecuatorianos como Baños, Montañita, Atacames, Mompiche, Papallacta, Río Verde, etc., el turismo se está volviendo peligroso, pues si no se controla, o mejor, si no se educa al contingente turístico, este paraíso, estos tempos naturales pueden venirse a pique. Porque el turismo, tal como hoy se practica, contamina.

Cada vez será más difícil conservar la belleza de la vida, la obra divina si el turismo continúa contaminando y depredando bosques naturales, playas y, sobre todo, la selva amazónica. Este patrimonio divino hay que protegerlo y conservarlo.

Quien no cree en Dios tiene en la Naturaleza la oportunidad excepcional para apreciar su obra, su presencia. La razón y los sentidos pueden acercar al no creyente a templos naturales que asombra a profanos y entendidos. La bióloga de esta historia me confesó que muy pocas veces en su vida había sentido tanta alegría y dicha al observar un entorno natural. Mientras seguía enfocando y disparando su cámara, yo pensaba en esta nota. Y en ella, que me ayudó a verlo a Él en este pedacito de Ecuador.

Al contarle a ella de mi intención –escribir esta nota que hoy tanto trabajo me cuesta, porque tengo mucho que comunicar– me ofreció sus fotos, y aquí están algunas. Espero que tú puedas ver en ellas lo que yo vi: un Dios conspicuo en su máxima expresión. El Dios de la vida se me ha mostrado más conspicuo que nunca.

Recuerdo el mandato: somos custodios de la Creación, que ese mandato se haga realidad en la Tierra de las Guayabas y en todo el Ecuador. Volveremos sobre este tema, porque el turismo se está convirtiendo en una alternativa de “desarrollo” para el país, sin tener en cuenta el inmenso daño que puede hacerle a la vida   natural. Los cristianos hemos sido llamados a custodiar la vida; por lo tanto, no podemos ni contaminar ni depredar cuando hacemos turismo.

Un pedido que surge desde la naturaleza: cuando hagamos turismo, seamos verdaderamente cristianos: seamos responsables con la vida, respetemos y custodiemos a la Madre Naturaleza.

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CategoryEditorial
  1. 02/03/2015

    SOLO PALABRAS SENCILLAS COMO LAS AQUI EXPUESTAS, SON CAPACES DE HACERNOS ENTENDER LA PROFUNDIDAD DE LA BELLEZA Y EL SILENCIO DE MINDO. DE SU NATURALEZA SOSEGADA. DE SUS GENTES AMABLES.
    QUIENES VENIMOS DE FUERA, ADMIRAMOS Y RESPETAMOS ESA MAGNA OBRA, AYUDANDO, DE PASO, A LOS «CUSTODIOS DE LA CREACION».
    POR ESO, VOLVERE A MINDO.

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