A 70 años de la bomba atómica, que sirva “El rosario de Hiroshima” para reflexionar y rezar, para hacer aunque sea un minuto de silencio por la ciencia que crea violencia. De dominar el fuego a la bomba atómica pasaron millones de años. Hoy, cada ser humano, incluidas niñas y niños, está sentado en 7 toneladas de dinamita, gracias a la “ciencia” ¿Es ciencia algo que puede crear tanta violencia, una violencia capaz de matar todo vestigio de vida en un planeta ya en peligro?

Nunca fue más peligrosa la unión entre ciencia y violencia que el haber empleado la energía atómica en una bomba. Hoy estamos plagados de cabezas nucleares, todas apuntando con violencia contra la vida en el planeta. Si estalla una cuarta parte del arsenal nuclear, solo sobrevivirían las cucarachas, la tierra se oscurecería y la especie que creó esa fuerza desaparecería por completo.

Hace 30 años y, con motivo del aniversario de Hiroshima y Nagasaky, Gabriel García Márquez denunció que con el dinero gastado en armamentos nucleares podrían resolverse los problemas de salud, alimentación, educación y trabajo de toda la humanidad. Pero la “ciencia” no le hizo caso a Gabo: siguió aliada con el Poder, creando más violencia y temor en los seres humanos.

Cuando explotó la bomba en Hiroshima y, a menos de un kilómetro del epicentro, existía una misión jesuita alemana en la ciudad japonesa. Ocho sacerdotes jesuitas sobrevivieron a la explosión y tuvieron oportunidad de dar testimonio de su experiencia y repudiar el genocidio.

El P. Hubert Schiffer fue uno ellos. Apenas tenía 30 cuando explotó la bomba, irónicamente bautizada “Little boy” (Pequeño niño). El P. Schiffer vivió 33 años más, siendo un enigma para la medicina explicar cómo no murieron él y sus compañeros por efectos de la rexplosión y la radiación.

200 científicos no pudieron dar respuesta a lo que los cristianos llamamos con fe milagro. El rezar el rosario fue la diferencia entre la suerte de los ocho jesuítas y la de más de 70.000 personas que murieron instantáneamente, y de otras 80.000 que fallecieron en los 5 años siguieron por efecto de la radiación nuclear.

Setenta años después, seguimos viendo más y más violencia, más armas para matar, más ciencia para contaminar y destruir, más afán de dinero, de poder. Hagamos un minuto de silencio, de reflexión.

La ciencia, por sí misma, no es buena ni mala. Es el ser humano el que destina su uso, ya sea en bien o en mal. Oremos para que todo acto de investigación esté precedido de bondad; que la ciencia tenga corazón y esté siempre al servicio del ser humano, no de su dolor.

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