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(Quito, 27/9/2013) ¿Broma de Dios? No, pero sería lindo que Dios, en estos duros momentos para la vida en la Amazonía, nos hiciera un gesto alegre y esperanzador. Teobroma significa “bebida de los dioses”. Así llamaban al cacao nuestros pueblos amazónicos. La Arqueología y la Antropología están de acuerdo en afirmar que el cacao es oriundo de nuestra selva oriental.

Podemos tener evidencias culturales amazónicas que se remontan a 7.000 años. El cacao es culturalmente “domesticado” en el corazón del Oriente hace más de 5.500 años. A la cultura cacaotera le siguieron la de la yuca, el maíz y la coca, 4.500 años atrás. La ayahuasca, cultivada para fines ceremoniales, tiene más de 2.500 años de empleo en nuestra antigua y misteriosa región  amazónica. De todas estas plantas, es el cacao el hijo más conocido y prestigioso del Oriente ecuatoriano.

Las culturas de la Amazonía penetraron la Sierra y la Costa ecuatorianas. El jaguar, el águila arpía y la serpiente, representando el fuego, la tierra, el aire y el agua, fueron la base de su cosmovisión natural; en diferentes representaciones simbólicas, estos tres animales enriquecen el trabajo estético/espiritual  de culturas asentadas posteriormente en Sierra y Costa.

Asombra saber que en la Amazonía hay arte en spondylus y turquesa, lo que indica un intercambio comercial basto y constante con el resto de nuestra actual nación. El cacao era la estrella del tesoro amazónico: llegó a Centroamérica y México, y alcanzó la “digna” categoría de moneda.

La organización social de los pueblos amazónicos preincaicos  y precolombinos se basó en los asentamientos; estos eran dispersos, en medio de la vegetación virgen, pero las familias se reunían periódicamente en la “aldea”, una plaza circular que tenía múltiples usos que iban desde actos litúrgicos hasta encuentros comerciales amplios con otras culturas de la Sierra y la Costa.

Parte viva y milagrosa de la Pacha Mama, la Amazonía está en peligro desde hace mucho tiempo. Más daño ha hecho la explotación maderera y minera que la del petróleo. Pero el oro negro es ahora una amenaza inmensamente peligrosa para la vida vegetal, animal y, sobre todo, humana. Un líder juvenil amazónico insiste en que se puede vivir sin petróleo; otras formas de producción pueden dar sustento a la vida humana de las y los indígenas que habitan la nuestra jungla, y no tienen el impacto ambiental que genera la explotación del petróleo, la madera y la minería.

La experiencia demuestra que las culturas amazónicas que entran en contacto con el petróleo están destinadas a desaparecer como tal. La pérdida de la lengua es el primer paso, y la aculturación toma ritmo acelerado, hasta terminar con las raíces culturales de pueblos milenarios que apenas ahora comenzamos a conocer. Falta adentrarnos más en su vida, en su cultura y costumbres, pero lo más importante es su vida y su cultura, ahora que están seriamente amenazado. Y eso no se está haciendo actualmente.

Hoy, defender la vida en la Amazonía se hace difícil. Se ponen trabas, se malinterpretan gestos, se tergiversan gestos, se corren órdenes, en fin, se quiere ocultar una verdad. A propósito de ocultar, ayer miércoles, en la noche, y en pleno acto de lanzamiento, se prohibió la circulación del libro “Una tragedia oculta”, un documentado texto escrito a tres manos por Miguel Ángel Cabodevilla, Milagros Aguirre y Massimo de Marchi.

Por eso creemos, o mejor, le pedimos a Dios que nos haga una broma para que, mientras disfrutamos de un chocolate bien rico y calientito, encontramos alegría y fuerza para continuar defendiendo la vida en nuestro Oriente ecuatoriano. Que el Señor envíe luz a quienes toman decisiones y, por otro lado, nos dé valor y persistencia a quienes estamos comprometidos en la defensa de la vida en la Amazonía.

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