En su segunda visita pastoral a América, y luego de visitar Cuba, el Papa pronunció un histórico discurso ante el Congreso de los EE.UU., respondiendo a una invitación que le hicieron los representantes del gobierno de este país. Como “hijo del continente”, el Papa abordó temas históricos en su afán por aportar a un mundo mejor, más justo, digno y en armonía con la naturaleza.

Les recordó a los Congresistas que su labor es hacer crecer ese país como nación, respetando la dignidad humana y atendiendo las necesidades de su pueblo, el Papa hizo una similitud entre la labor de gobernar y la misión encomendada a Moisés: “… proteger, por medio de la Ley, la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada vida humana”.

Francisco quiso llegar en su mensaje a todas y todos los que luchan por el pan de cada día para conseguir una vida mejor para los suyos, labor que va acompañada de la solidaridad. El Papa se dirigió también a la juventud, a los jubilados, a los más necesitados, a los que sufren dolor, y a las organizaciones que se dedican a palear el sufrimiento de las y los excluidos.

Haciendo referencia a los fundadores de la nación norteamericana, Francisco exaltó los valores de estas mujeres y hombres que asumieron la construcción de un país nuevo, con valores fundamentales, trabajo abnegado y sacrificios, aportando una manera de ver y analizar la realidad. “Estos hombres y mujeres nos aportan una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en el hoy de cada día, nuestras reservas culturales”.

A continuación, el Papa recordó a cuatro personalidades norteamericanas: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton. Lincoln “… defendió la libertad, construyendo un futuro libre que exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad”. El Papa recordó a los Congresistas “… los conflictos violentos que vive el mundo, los odios nocivos, de sangrienta atrocidad”, advirtiendo que mucha de esta violencia se hace, incluso, a nombre de Dios, generando un fundamentalismo peligroso.

“Pido por esta Nación, que por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad». Construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de solidario. Combatir la violencia requiere un delicado equilibrio en el que hay que trabajar, y no simplificar la realidad dividiendo al mundo entre buenos y malos, entre justos y pecadores”.

“Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con entusiasmo al bien común. El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del espíritu de colaboración”.

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” dijo el Papa, empleando textualmente la Declaración de Independencia norteamericana, del 4 julio 1776.

La política debe servir al ser humano y no puede ser esclava de la economía. Su deber fundamental es el bien común. Recordó a Martin Luther King en su “sueño” de plenos derechos civiles y políticos. “Su sueño sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados Unidos siga siendo para muchos la tierra de los «sueños». Sueños que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en los pueblos”.

Tocando el tema de la migración, el Papa se presentó como descendiente de migrantes, hizo alusión al miedo que se le tiene al extranjero y reconoció que los EE. UU. ha sabido respetar a la inmensa población migrante que ayudó a construir a esta nación. Hay una crisis de refugiados en todo el mundo, situación que genera grandes desafíos. “Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro: ‘Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes’ (Mt 7,12)”.

A continuación, Su Santidad abogó por la abolición de la pena de muerte: “Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito”.

Refiriéndose a la Sierva de Dios, Dorothy Day, fundadora del Movimiento del Trabajador Católico, alabó su “… activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos, acciones que estaban inspiradas en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”. Reconoció los grandes esfuerzos por superar la pobreza extrema y exhortó a no perder el espíritu de solidaridad internacional, urgiendo a repartir la riqueza en forma más equitativa.

El Papa reiteró que en su Encíclica Laudato Si’ el cuidado de la Casa Común es un desafío para toda la humanidad. “En Laudato si’, aliento el esfuerzo valiente y responsable para «reorientar el rumbo» (N. 61) y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos –y este Congreso– están llamados a tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una «cultura del cuidado» (231) y una «aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (139)”.

Puso como ejemplo de vida al monje cisterciense Thomas Merton. “Él sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En su autobiografía escribió: «Aunque libre por naturaleza y a imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo”. “Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones”. Clamando por el fin de los conflictos, condenó el tráfico de armas, negocio inhumano que siembra dolor y muerte.

El Santo Padre finalizó su intervención haciendo referencia al Encuentro Mundial de las Familia en Filadelfia: “He querido que en todo este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior”.

Sintetizando si intervención, Francisco expresó: “Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres «soñar» con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton”.

Texto completo del discurso

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