Reverendo Padre José de Arce y Rojas. Fuente de la imagen: elapuron.com

Reverendo Padre José de Arce y Rojas. Fuente de la imagen: elapuron.com

El Premio Nobel de Literatura –el escritor peruano Mario Vargas Llosa–, en su nota para el diario argentino La Nación nos cuenta, en su siempre entretenida prosa, sobre la llegada de los jesuitas al Oriente de Bolivia. Corría el año de 1691  cuando el padre José de Arce y el hermano Antonio de Rivas llegaron a Chiquitos. Aprovechando la experiencia vivida en Paraguay y Perú, estos dos siervos de Dios reemplazaron en su misión boliviana las armas por los instrumentos musicales.

Los violines, las flautas y las cítaras pronto se convirtieron en una herramienta comunicativa para adentrarse en el mundo de los nativos de esta región. En forma rápida, los pueblos chiquitanos hicieron suyos estos instrumentos y la música que provenía de Europa. Con el pasar del tiempo, en este pueblo melómano por excelencia, pueden escucharse en esta región sonidos tan “inauditos” para el medio, como la música barroca, aderezada con los aires musicales ancestrales de la región; hoy han logrado unir esta música híbrida a canciones en su propia lengua, generando un rico mosaico de instrumentos y voces poco común en América Latina.

En apenas 76 años, los jesuitas lograron un trabajo ejemplar. Su trabajo misionero no se circunscribió a la música y al canto: estos abnegados religiosos de la Compañía de Jesús jugaron un papel decisivo en la defensa de las comunidades indígenas a su cargo, cuando eran atacadas por los bandeirantes brasileños en la región fronteriza. Los bandeirantes paulistas pretendían capturarlos para luego esclavizarlos y emplear su fuerza de trabajo.

Desde 1972, los templos de la región están siendo rehabilitados, conservando bellos púlpitos tallados en madera, los órganos antiguos, los retablos y los campanarios que alguna vez fueron el orgullo religioso de esta apartada región boliviana.

“No sólo la música que venía de allende los ríos y los mares impregnó y pasó a ser parte indivisible de la cultura chiquitana; también el cristianismo llegó a constituir la esencia de una espiritualidad que en todos estos siglos se ha conservado y ha sido el aglutinante primordial de unas comunidades que manifiestan su fe volcándose masivamente a todos los oficios, con sus caciques, cabildos y “mamas” al frente, bailando, cantando (¡a veces en latín!) y cuidando los lugares y objetos de culto con celo infatigable”

El autor de “La guerra del fin del mundo” hace gala de su interés por el pasado y su capacidad para traer al presente estos tesoros espirituales y culturales que han formado a nuestra América mestiza. Mario Vargas Llosa sigue siendo un gran cronista, y es grato ver su respeto por la obra de la Iglesia en nuestro continente, a lo largo de estos cinco siglos. Mario Vargas Llosa reconoce, admira y pone como ejemplo la capacidad de esta comunidad boliviana para mantener intacta su identidad, a pesar de haber sido permeados por el espíritu cultural de Europa.

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