Este próximo domingo, 24 de marzo, se cumplirán 39 años del martirio de San Romero de América. Por primera vez en las eucaristías lo celebraremos como obispo, mártir y santo.

Parte de la Homilía de la Canonización de Monseñor Romero, en San Salvador. 15/10/2018

INTRODUCCIÓN:

Queridos hermanos y hermanas: Celebramos hoy emocionados la canonización de Monseñor Romero. Sabíamos que era un santo desde el primer momento y esperábamos con ansiedad la declaración oficial de la Iglesia sobre su santidad. Este es el día.

Y no podemos menos que comenzar citando a nuestro Señor Jesucristo, maestro nuestro y de Monseñor Romero. Cuando Pilatos lo estaba juzgando Jesús le dijo “he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Hoy podemos afirmar que a Monseñor Romero lo envió Dios a El Salvador para ser, como Jesús, Testigo de la Verdad. Testigo y apóstol que sigue los pasos del Señor Jesús en su vida, en su palabra y en su capacidad de juicio sobre la situación salvadoreña. Monseñor Romero, testigo del Señor, sigue iluminando nuestra hambre y sed de justicia. Nos da la esperanza de que tanta sangre de víctimas inocentes se convierta para nosotros en el cimiento y en la base de un El Salvador construido sobre el respeto y la dignidad de todos, especialmente de los más sencillos y humildes.

RECUERDOS:

 Mientras en nuestro país se despreciaba a los pobres, se les explotaba, se les manipulaba y se les tenía como inferiores, Mons. Romero se identificaba con ellos y con sus causas. Su vida fue testimonio del amor preferencial de Dios a los más pobres, luchando con ellos, pacífica y proféticamente, en favor de sus derechos. En el acta de beatificación se le llamaba con toda razón “Padre de los pobres”. Y así era porque exigía justicia para los campesinos y los trabajadores, apoyaba sus reivindicaciones y su organización popular, y los defendía ante el odio y la violencia de los poderosos.

Pero además de estar con las causas de los pobres, vivía con ellos en el Hospitalito de la Divina Providencia. Allí, donde se hospedan o incluso van a morir los enfermos de cáncer más pobres de nuestro país, allí vivía, también en pobreza y sencillez, nuestro obispo mártir. Allí acompañaba el sufrimiento de los enfermos sin más recursos que la generosidad de las hermanas del Hospitalito, y les animaba con el consuelo de un Dios, el nuestro, que nunca abandona al débil y al afligido, y le ofrece siempre la solidaridad de los que rezamos el Padre Nuestro de corazón y deseamos que venga su Reino. Antes, estando en Santiago de María como obispo, abrió las puertas de la catedral para que los cortadores de café, que llegaban desde lejos a esa tierra de cafetales, pudieran dormir bajo techo. Las fotografías de Romero con niños que juegan con su cruz pectoral no dejan duda de su tierna cercanía a los más pobres.

Y es esa cercanía amorosa a los pobres, junto con su fe en el Señor Jesús, la que le llevó a ser profeta de justicia. Voz de los sin voz, sin más poder que la fuerza de la conciencia, sin más ley que la del amor al prójimo, y sin más patrón que el Divino Salvador. Su única arma era la Palabra. Mons. Romero, nuestro San Romero, con esa palabra beligerante y defensora del oprimido, hacía retorcerse de rabia a quienes mataban a los pobres, a quienes perseguían sus organizaciones o amenazaban de muerte a toda persona que mostrara deseos firmes de justicia social. Como a Jesús, lo odiaban aquellos que no soportaban la buena noticia de un Dios amor y creador de fraternidad. Su palabra disgustaba a los neutrales e indiferentes y molestaba a los cómplices hipócritas, que desde instituciones del Estado disimulaban y encubrían la barbarie de los escuadrones de la muerte. Y ante los odios y ataques respondía siempre con las mismas palabras de Jesús en la cruz: “Padre perdónales, que no saben lo que hacen”. Su amor cubría a todos, curando a los heridos por la injusticia y diciéndoles la verdad a los victimarios. Dos formas de amar clásicas y siempre exigidas por la Iglesia, en coherencia con nuestro Dios, que es amor, y nos llama a consolar a las víctimas y a ser profetas frente a quienes abusan del prójimo.

Mons. Romero recuerda la terrible dificultad que tienen para entrar en el Reino de los cielos aquellos que ponen su corazón en las riquezas. Nuestro santo, lleno del Espíritu del Señor y su sabiduría, con su palabra combativa como espada de doble filo, desnudaba las intenciones de los soberbios. A los ricos les recordaba que la idolatría de la riqueza estaba en la base de las injusticias salvadoreñas. A los poderosos les recriminaba utilizar la muerte como instrumento de poder. Y a las organizaciones populares les recordaba que no podían poner la organización por encima de los derechos de las personas. Toda idolatría pone primero la ley del más fuerte en vez del amor al prójimo y la solidaridad evangélica. No hablaba de dar sino de compartir. Porque cuando los ricos dan algo, no están dando de lo suyo, sino de lo que pertenece a todos, y especialmente a los más pobres.

 A esos pobres a los que el Señor prometió el Reino de los cielos y en los que se hace siempre presente el rostro de Jesús. Inspirado siempre en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, en el destino universal de los bienes, en la solidaridad y la participación, nuestro santo arzobispo trabajaba desde el deseo profundo de paz con verdadera justicia social. Sabiendo además que la paz sólo puede construirse negando las idolatrías, devolviendo a las víctimas su dignidad de seres humanos, restaurando los derechos de quienes son despojados de ellos y trabajando sistemáticamente para eliminar el sufrimiento en el mundo en que vivimos.

Que su MEMORIA y TESTIMONIO fortalezcan nuestra Fe en el Señor Jesús, nuestro amor a los pobres, sus predilectos, y nuestra pasión para construir una Iglesia más comunitaria, samaritana y servidora. Así lo deseamos desde la P. Social Caritas Ecuador.

P. José García
Secretario Ejecutivo

Pastoral Social Cáritas Ecuador

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