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Mauricio López, de la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) y parte del equipo de Cáritas Ecuador, meses atrás le dedicó esta carta al sacerdote jesuita José Luis Caravias, quien falleció el día de hoy, 25 de marzo de 2021, a sus 93 años.

Frente a este lamentable acontecimiento, queremos compartir con nuestros lectores este escrito que nos recuerda la importancia de la presencia de Caravias en el trabajo de Cáritas y en la opción de la Iglesia Católica por las personas y comunidades más vulnerables.

Por Mauricio López Oropeza, CVX.

Por algún extraño motivo, al recibir esta hermosa invitación a escribir sobre mi querido Taita-abuelo José Luis, lo primero que viene a la memoria y al corazón es la desgarradora anécdota: seducción en el cementerio, la cual nos relata en su libro «Dios en mi vida». He compartido con Jose tantos momentos de profunda amistad, alegrías y tristezas, y sobre todo de soñar y actuar en la búsqueda de tejer otros mundos posibles, que me intriga el porqué del regreso de este relato al comenzar a escribir sobre su vida, y la huella de ella en la mía. De hecho, es una anécdota que repetidamente me viene desde dentro cuando pienso en Caravias. Y es que una parte de mi logra ver con nitidez a José Luis en ese momento de su vida: abatido, roto, cansado, sin un sitio seguro dónde estar, y sin saber con seguridad quién era y a dónde iba. Lo veo con claridad, y sobre todo lo siento, porque en nuestras largas conversaciones su pedagogía de la praxis en una vida entregada hasta el extremo, siempre percibo esta sensación de Gracia. Una que me viene de sus claroscuros, de su búsqueda inclaudicable del rostro del Dios de Jesús asumiendo sus propias fragilidades. Es en esos momentos de compartir claroscuro cuando más recibo vida de parte de él.

Lo puedo casi escuchar, como narra ese relato, diciendo: «para qué me sigo metiendo en líos con estos hacheros organizados para defender sus tierras si yo ya tengo una decisión tomada de abandonar todo, de buscarme otra vida fuera del sacerdocio». Al mismo tiempo siento cómo se me hela la sangre cuando, en medio de ese calor húmedo casi insoportable del Chaco, la voz de Dios es nítida hablando a través de los pedazos del pobre y desdichado rubio. Un Dios que afirma una experiencia de fe que viene desde los restos putrefactos de un cuerpo que había sido asesinado violentamente y enterrado boca abajo (como tantos Cristos de los márgenes, crucificados ayer y hoy, y todos los días). Ser enterrado así era una profunda deshonra, casi como la muerte más vergonzosa y dolorosa practicada por el imperio romano sobre Jesús, una muerte en cruz. Y, tengo la sensación de que José Luis ha muerto en cruz varias veces. Y, quizás por ello, Dios se trasluce en él, cada vez que ese Dios de Jesús lo resucita y lo invade de vida en lo más profundo de su corazón, para saberse llamado a seguir sembrando reino al lado de los tantos Rubios de nuestros tiempos.

Esa frase que escucha y experimenta José Luis, como voz evidente de Dios, diciendo: «¿por qué me quieres abandonar? Te necesito…». La moción implacable desde el amor violento, que le brota por dentro, y que lo mueve a constatar y decir: “!El Rubio es Jesús!” me remueven todas las fibras interiores, y me revelan al Dios de la vida que he experimentado tan profundamente con y a través de José Luis.

No quiero con este escrito hacer una reseña de anécdotas con los innumerables momentos que he compartido con José Luis en México, Venezuela, Ecuador, Argentina, Perú, Uruguay, Líbano, Paraguay, y sabe Dios dónde más, o de los tantos hermosos encuentros que en recientes años han sido también compartidos con Analu. Lo que hoy quiero, es hacer patente cómo su vida ha sido regalo y relato que me ha revelado a Dios, y lo sigue siendo. Su estilo tosco y tierno, sus anécdotas sinfín, su impaciencia que a la vez es la presencia más calma de todas, su modo exigente de pedir más de nosotros y al mismo tiempo darse todo, pero sobre todo su capacidad de levantarse de las circunstancias más duras y dolorosas, me hablan de un Dios que lo es todo en todos, porque esto es una verdad indudable en él.

Yo aspiro a poder tener la fe en Jesús que Jose tiene, y que la ha peleado con sangre y sudor, pero que solo le ha sido dada en gratuidad cuando ha bajado la guardia después de darlo todo. Una fe que ha encontrado en los brazos de hermanos y hermanas, sobre todo de mujeres laicas, amigas y hermanas, que lo han abrazado y ayudado a resucitar. Su vida me ha dado, y me da, un horizonte bellísimo difícil de alcanzar, por el cual vale la pena vivir, seguir tejiendo, y sobre todo uno en que ninguna muerte, parcial o total, tendrán la última palabra. Tu vida me invita a gastarme la mía en la búsqueda más misteriosa del “karaku”, la médula, de la savia más hermosa de la vida que ya es, pero todavía no, como el Reino que Jesús nos prometió.

Creo que mi experiencia de verdadera amistad y amor incontenible por Jesús se concretó junto contigo, y ha ido madurando poco a poco en estos 20 años de travesía compartida. Sin duda mis padres la sembraron en mi corazón y en mis primeros pasos, y luego en el colegio Jesuita se afirmaron elementos fundamentales de mi ser y de una cierta comprensión de Cristo, pero mi amor irrefrenable e irracional por Jesús brotó de mis travesías interiores muchas veces compartidas contigo.

Hoy sigo buscando al Dios de Jesús, lo pierdo de vista tantas veces por negligencia o distracción, pero vuelve a mí como brisa o como viento violento que me envuelve y me grita como a ti: «¿por qué me quieres abandonar? Te necesito…», y a pesar de mis tantas incoherencias y limitaciones, también explota en mis adentros una convicción de que: «¡El Rubio es Jesús!». Es decir, el Cristo encarnado está sobre todo en los márgenes, en los excluidos, en los pueblos indígenas de la Amazonía, en los y las migrantes, en los mujeres y hombres de la Iglesia del día con día que dan todo en una sencilla parroquia rural, en los que desde Cáritas dignifican y salvan vidas, en los que trabajan por la defensa de los derechos humanos con poco o nada de conocimiento o recursos, y en las muchas estructuras eclesiales rotas, y tantas veces incoherentes, en las que siguen presentes testimonios indudables de que Jesús camina con nosotros a pesar de nuestra fragilidad. Está vivo en medio de nuestros quebrantos, y como la Trinidad en la contemplación de la Encarnación de los EE.EE.: decide hacer redención de nuestra carne frágil, y con nosotros se compromete a hacer posible otro mundo, aunque haya tantos Cristos que, como el Rubio, siguen siendo crucificados hoy ante nuestra impotencia e incapacidad, y tantas veces con nuestra complicidad pasiva.

Pero, hay algo fundamental que también he aprendido en el camino de mi discernimiento de vocación y misión que tan cercanamente ha acompañado mi querido Caravias, y es que Dios opta por nosotros, y de ahí se hace posible nuestra propia opción por creer en Él. En su libro «Laicos en búsqueda por los caminos de Ignacio», el cual tuve el inmerecido privilegio de introducir y presentar, vuelve a sacudir cada partícula de mi alma desentrañando otra vez un Dios inconmensurable para mí, cuando nos regala su credo: Opto por creer en Dios. Lo he orado tantas veces en mis momentos de más confusión y dolor, y de ahí una voz que acaricia se me hace presente al leer:

«Me bullen los interrogantes ante las crueldades estructurales de los poderosos, el sufrimiento de los inocentes, la miseria de tanta gente… ¿Dónde esta Dios? ¿Por qué no actúa?… Ante tantas muertes acompañadas y tantos cadáveres velados se me congelan las preguntas… Ante los muchos avances de la ciencia la fe clásica se me escapa como arena entre los dedos…»

Otra vez la pregunta de quien busca más a fondo, del que no puede, aunque intente, dejar de sentir con los otros-as. La pregunta de quien no puede salir por la puerta fácil de la respuesta simple o sin un discernimiento crítico, porque justamente ha experimentado de cerca la fuerza de Dios, y por ello es capaz de sentirla en su aparente ausencia. José Luis nos ayuda a ser parcialmente dueños de esa verdad que se revela a pocos quienes se atreven a abandonar las seguridades superfluas y lo encuentran en lo más hondo diciendo:

«…la fe en Dios me ha ayudado a cultivar ideales, a meterme en serio entre los pobres… Por ello, razonable y libremente, opto por creer en Dios. Rebasando interrogantes, doy el salto en el vacío… Contemplo a Dios en parejas largamente enamoradas y en madres heroicamente solidarias…. Encerrado en calabozo sin horizontes, la mano de Dios acarició mi corazón… Opto por creer en Jesús… El Dios de Jesús es solo misericordia. Espero que de alguna forma el amor que he desarrollado en esta vida se expanda sin fronteras… Con los ojos puestos en Jesús, el Jesús encarnado, hago antesala tranquilo».

Y yo, sin palabras adecuadas para agradecer lo que has sido, eres y serás, querido Taita Abuelo, espero que mi vida sea una ínfima expresión de la semilla que siembras con tu vida en mi vida, desde el Dios de Jesús que me llama a aprender a vivir genuinamente como hermanos y hermanas, y con ello espero honrarte, honrar la vida, y seguir en la fe de la inconformidad esperanzada que solo Dios ha podido regalarme.

Mau, tu nieto.

Sobre su vida

Caravias se destacó por la lucha permanente que llevó junto a campesinos y personas vulnerables en favor de sus Derechos Humanos.

Nacido un 2 de noviembre de 1935 en la ciudad española Alcalá la Real, y ordenado como sacerdote en 1967, llega a Paraguay en la década de los 60. Ahí su opción por las comunidades más vulnerables le valió la expulsión del país en 1972, tiempo en el que la nación atravesaba la dictadura de Alfredo Stroessner.

Posterior a ello residió en Argentina y Ecuador, pero regresaría a Paraguay en 1989, después de la caída del régimen dictatorial.

Desde todos quienes formamos parte de Cáritas Ecuador, lo recordaremos por su presencia y compromiso junto a las comunidades más vulnerables, lo que ha sido fuente de inspiración para nuestro trabajo.

Imagen vía Vida Nueva Digital.

CategoryIglesia
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