La iglesia vive su misión
Allí donde vive la iglesia, debe preguntarse
si está al servicio de esa misión o si es fin en sí misma.
El cristianismo no es sacro, sino que en él sopla
el viento fresco del Espíritu.
El cristianismo es una realidad mundana,
abierta para la humanidad.

Karl Barth.

“La Iglesia sólo es iglesia cuando existe para los demás”.

La frase pertenece al conocido teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer y fue escrita en el año 1994, mientras permanecía detenido en la prisión de Berlín – Tegel, adonde había sido llevado desde el 3 de abril de 1943. Fue allí, en la cárcel, donde elaboró sus últimas inquietudes pastorales y teológicas, y se planteó preguntas fundamentales acerca de la función de la iglesia en el mundo y el significado de ser seguidor de Jesús en el mundo sin Dios.

El impacto del sistema dominante liberal capitalista sobre nuestras sociedades nos desafía como testimonios de la buena nueva de Jesús acerca del Reino de Dios. Unos pocos abusan, merman y destrozan los recursos de la tierra que son para todos.

El único modo efectivo de testimoniar y promover el Reino de Dios en esta situación es adoptar una doble estrategia. Por un lado, tenemos que demostrar que los países también pueden satisfacer sus necesidades a través de prácticas económicas y comerciales alternativas. Por otro lado, las personas deben participar cada vez más en el control de los sistemas que gobiernan sus vidas y, así humanizarlos y socializarlos.

Esta estrategia no será efectiva a menos que vaya a acompañada por una transformación en los patrones culturales, esto es, un cambio de la visión de modernidad radical: depende de cómo se mire a la modernidad.

La pregunta que nos debería motivar, es: ¿Cuáles son los desafíos a la misión en un mundo posmoderno?, me gustaría aclarar dos cosas, la primera que la buena nueva de Jesús se enfrenta directamente a las cosmovisiones y a los sistemas de valores de nuestras culturas y, a través de ellos, buscar influir en las opciones que hacemos en las esferas económicas y políticas.

En segundo lugar, cualquier concepción de la misión en el mundo de hoy debe surgir de las víctimas: el pobre, el marginado y el oprimido. Ellos son los mediadores de las desafiantes demandas de la buena nueva. Nuestra misión hoy sería ofrecer un modo alternativo de vida en el mundo. Me gustaría destacar tres aspectos de esta vía alternativa: una afirmación de la vida, una experiencia de la vida en comunidad y una conciencia de la trascendencia. De las tres, quiero referirme a la última, en el entendimiento de que la modernidad nos ha acostumbrado a verlo todo como un objeto que puede ser observado, medido, manipulado y explotado por el egoísmo humano.

La buena nueva de del Reino de Dios que Jesús proclama, proyecta una visión alternativa de la comunidad. Por su predicación y milagros se sitúa Jesús en contra de los acumuladores de riqueza. Nos da el mandamiento nuevo del amor y, como memorial, nos deja una comida que se simboliza y experimenta cuando se comparte – unos con otros y con Dios- el alimento y la vida.

Tal comunidad en Dios se mantiene unida por vínculos de amor y de mutua aceptación. No sólo se siente cómoda con un multiculturalismo, sino que lo ve como la variedad creativa y rica de lo humano. Este modelo de comunidad en diferencia no es una construcción arquitectónica, como un edificio o un templo, ni tampoco es un ser orgánico, como un árbol o cómo un cuerpo, sino una realidad humano-divina, como una familia o la Trinidad en sí misma. No me atrevería a proponer la Trinidad como modelo, si Jesús no hubiera dicho: “Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17,21).

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