Desde la vecina Diócesis de Tumaco, mediante un comunicado público, nos llegan malas noticias. En los últimos 4 meses, los municipios nariñenses de Roberto Payán, Magüi Payán y Barbacoas viven dolor y sufrimiento; se violan los derechos humanos, se asesina a jueces, a conductores de vehículos públicos y a ciudadanos comunes. En Barbacoas, un pueblo maldecido por el oro desde la Colonia, hay gran presencia de la fuerza pública y, sin embargo, “… la muerte se ha tomado la comunidad y los mayores están enterrando a los jóvenes”.

 En este pequeño pueblo de 30.000 personas, en el 2014, “… por lo menos 23 personas fueron asesinadas y en los 2 primeros meses del 2015 han sido asesinadas 11 personas, en su mayoría jóvenes”. El año pasado fue normal el toque de queda imperante desde las nueve de la noche, pero la medida no fue impuesta por la ley: fue un grupo al margen de ella, que se autodenomina los “Gaitanistas”. ¿Tendrá algo que ver el mártir liberal colombiano, Jorge Eliécer Gaitán, con estos violentos?

Uno de los crímenes que más ha impactado en Barbacoas es el asesinato de una mujer humilde, viuda y cabeza de hogar, con siete hijos: Mabel Evangelina Cabezas, de 34 años. La situación empeora día a día: los grupos paramilitares obligaron a 19 familias a salir de Barbacoas hacia otros lugares, en condiciones precarias; este desplazamiento forzado ocurrió el 18 de enero de este año.

La Diócesis de Tumaco también denuncia en este comunicado público el daño al medio ambiente generado por la minería indiscriminada y la contaminación con hidrocarburos por parte de la petrolera estatal colombiana ECOPETROL y su oleoducto de crudos. Los resultados son funestos: Los residuos de la retroexcavación y la extracción petrolera son arrojados a los ríos cercanos.

Contaminadas las fuentes hídricas, están poniendo en riesgo la salud de las poblaciones afrocolombianas e indígenas asentadas en las orillas de los ríos vecinos, especialmente el  Telembí y el Güelmanbi. En sus riveras  no hay agua potable; tampoco para cocinar o lavar; estos dos ríos se están muriendo, ya hay sed y vendrá el caos.

 Ante esta situación –violencia y destrucción del medio ambiente–, la población desconfía de las autoridades civiles y militares. A pesar de la numerosa presencia de la Fuerza Pública e Institucional, “… los victimarios siguen saliendo en libertad”. La gente de Barbacoas eligió un alcalde que no gobierna, y las retroexcavadoras ingresan por la única vía de acceso que hay, controlada por el Ejército y la Policía colombiana.

El comunicado público de la vecina Diócesis de Tumaco termina con una serie de solicitudes urgentes a las autoridades competentes, a la Defensoría del Pueblo, a organizaciones de DD. HH y ambientales, en fin, es un grito desesperado que busca apoyo nacional e internacional.

Una Iglesia que denuncia, una Diócesis que acompaña con valentía en medio de la violencia. Intereses que depredan la naturaleza, amenazando la vida de comunidades afrocolombianas e indígenas postergadas desde la Colonia. Un territorio limítrofe, otrora rico en oro y madera, hoy bañado en sangre inocente.

 Más familias colombianas desplazadas, más hermanos desesperados. Pedimos a Dios que venga la paz a estas tierras vecinas, nuestras de corazón. Pedimos a Dios que seamos hospitalarios con quienes viven este dolor y sufrimiento. Agradecemos y pedimos al Señor por esta Iglesia en salida, que va al encuentro de quienes la necesitan.

COMUNICADO DIOCESIS DE TUMACO

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